El día que “la Piquer” vino a la Casa del Profesor

Hoy vamos a hablaros de la que quizá sea una de las visitas de más renombre que tuvo la Casa del Profesor allá por los años 40.

Transcurría la mañana en el café con los tertulianos de siempre: Suso el Conde, Rebaque, Torres… Unos leían el periódico, otros jugaban al mus, Falín hablaba con Carmina sobre el menú del día y, de repente, entró una compañía entera de actores, y entre ellos nada menos que doña Concha Piquer, sí, la misma, la mejor intérprete de la copla, la que llevó “Ojos verdes” y “Tatuaje” a límites aún hoy inigualados, la que con dieciséis años ya actuaba en Manhattan… Pues imaginaos las caras de estos hombres. Sobra decir que era considerada una belleza, y viendo fotos de su época de esplendor pues sí que fue un bellezón (sin Photoshop ni retoques). En fin, una mujer de rompe y rasga.

Doña Concha Piquer

Hubo un silencio casi sepulcral. Ella con su aplomo y prestancia llevaba la voz cantante. Vestía un elegantísimo traje de chaqueta de lana e iba peinada con un impecable moño bajo; se dirigió a Falín para preguntar si podían comer, ya que se dirigían hacia La Coruña, donde actuarían al día siguiente. Falín, por supuesto, dijo que con mucho gusto atendería a tan distinguida clientela. Mientras los tertulianos seguían en shock, Falín empezó a movilizar a camareros, a preparar el comedor… Carmina estaba a punto del soponcio –“¡Dios mío! ¡Concha Piquer nada menos!”-. En fin, todo fue saliendo bien a pesar del nerviosismo inicial.

Falín tocando el piano

Falín tocando el piano

Degustaron unas cebollas rellenas, merluza y flan. También tomaron café y Falín, al despedirse, se atrevió a tocar alguna copla al piano, aunque doña Concha no se dignó a cantar porque cuidaba extremadamente su voz y no era plan de ponerse a cantar así como así. Todo iba sobre ruedas hasta que uno de los actores de la compañía dio un pequeño disgusto a Falín, ya que de repente notó que le faltaba un anillo. Doña Concha defendiendo a su actor, Falín diciendo que aquella era una casa respetable, los camareros pensando en escapar por la huerta, Carmina a borde del segundo desmayo, los tertulianos entretenidísimos con tantas emociones… Doña Concha tenía carácter pero en cuestión de honor Falín no podía perder la batalla y, por fin, el actor se dio cuenta que al lavarse las manos se había quitado el anillo y lo había guardado en el bolso de su camisa…

¡¡¡Alivio general!!!

Fue un día para la historia, y durante años y años los clientes del café y Falín narraron la anécdota con sumo placer.

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